POLIETILENO short stories

photo: Jorge Sáenz

Espejos de polietileno desde la ciudad de la furia 

por Blas Brítez

«Con un bar, lápiz y papel era suficiente», me escribe, vía correo electrónico, Enrique Collar. Está en Rotterdam, Holanda, ciudad en la que vive desde hace seis años con Mireille, su esposa, y sus dos hijas, Roos Rosa y Lila Luna. Él es pintor y paraguayo. Su obra pictórica refleja y reinventa el universo campesino mítico y palpable del Paraguay, en una explosión de colores diversos y atmósferas quietas o en movimiento, violentas o abúlicas. En el año 2002 recaló, por esas necesidades expresivas siempre múltiples que tiene todo artista, en el campo cinematográfico. Dirigió la película Miramenometokéi, con dispar éxito en cuanto a público y crítica. Este año ha presentado su primer libro de ficción, Polietileno, Crónicas de un kurepiguayo (ArteNuevo, 2008), un conjunto de diez cuentos de ambiente bonaerense, signados por algunas señas de identidad y tics propios de los años 90 en la urbe argentina, en donde Collar vivió por varios años, suficientes como para que ese bar, ese lápiz y ese papel se juntaran y parieran un poliédrico espejo de la Argentina de esos años, pero no de cualquier Argentina, sino de la que el mismo Collar conoció y vivió: la de sus miles y miles inmigrantes paraguayos, sus proletarios conformistas o desesperados, sus desocupados vagabundos, sus intelectuales marginales, sus prostitutas hermosas y magnéticas, sus enamorados taciturnos y crepusculares, el lento e implacable erosionar, en suma, de la vida de «los otros» y «los nadie» en medio de los paraísos artificiales de la borrachera neoliberal de Menem y su exclusivo cortejo fúnebre.

La cantidad de bolsas de polietileno en las calles, ese material asociado a los almacenes y supermercados, a la producción y a los despojo de la industria, llamó la atención de Collar a su vuelta a Buenos Aires en 1996, luego de dos años de residencia en Paraguay. «Me había sorprendido la invasión aérea y terrestre de este “hule”. Parecía una ciudad cercada por este material. Claro, Menem estaba “empaquetando” a la Argentina», dice y explica luego por qué eligió esa palabra para ponerle nombre al libro: «Y me gustó polietileno porque es un símbolo volátil, tiene una cierta fragilidad como la vida de los personajes que pueblan mis cuentos».

Hay dos palabras clave en el subtítulo: «Crónicas» y «kurepiguayo», ¿Cómo sentís esas dos palabras con respecto a tu libro?
Me pareció que lo valioso era poder construir pequeñas ficciones desde mi experiencia personal, desde esa búsqueda de la identidad y la aceptación de la binacionalidad, y no a partir de los libros que había leído o las películas que había visto. Y como me fascina el punto de encuentro entre la ficción y la realidad, traté de ser lo más hiperrealista posible, un concepto que como pintor me tiene obsesionado. Es decir, yo como lector debía creer en ese fenómeno real que hacía mover a mis personajes. No hubo un hincapié en la sucesión cronológica de los hechos que puedan hilvanar las historias, si hablamos de la crónica como estilo literario. Pero sí tuve la intención de atrapar un tiempo determinado, un momento de mi vida, y la relación afectiva que me une a la cultura del Río de la Plata.

Los personajes de Polietileno siempre están en las márgenes de la gran ciudad, son paraguayos en Buenos Aires, como vos, o argentinos de una clase media tambaleante, ¿por qué esos personajes?
Si me das a elegir entre el antihéroe y el héroe, elijo el antihéroe. Y si tengo que optar por una clase para narrar me quedo con la tambaleante, como decís. No es una cuestión política, sino de lugares que uno conoce y en los que se siente más cómodo. El universo del paraguayo en Buenos Aires es similar al del provinciano argentino. Ambos son expulsados de su tierra hacia el mito de la gran urbe, y con los años, cuando llegan a viejos, quieren volver al origen. El sacrificio por la supervivencia, mantener a una familia, construirse una casita en la provincia de Buenos Aires, es una experiencia que solo la conocés en profundidad cuando compartís el laburo, la mesa del domingo, el vino del club o el bar.

Los cuentos se desarrollan en una época inmediatamente anterior al descalabro argentino del 2001, en el momento más álgido del proyecto menemista. ¿Cómo creés que se refleja esa época en el libro?
Un amigo argentino con cierta ironía me decía que ellos inventaron la crisis permanente, humorada que me parece bastante acertada. Lo contradictorio es que en medio de este «saqueo» del menemismo, como sostiene Pino Solanas, en lo personal yo viví en Buenos Aires mis años más felices, del 96 al 98. Mi pintura me permitía pagar la renta del departamento en un barrio céntrico, comprar materiales de pintura, ir al  y comprarme libros. Siempre consideré al artista como un cronista de su tiempo. Salía a la calle, iba al bar, caminaba por mi barrio Constitución, iba al centro y todo era inspirador. Una amiga me preguntaba siempre porqué tantos años en Buenos Aires y nunca la pintaba. Y se me dio por escribirla, una manera diferente de ejercitar algunos músculos del cerebro que los pintores tenemos como dormido. También intuía que me estaba despidiendo de esa ciudad, y las historias de Polietileno debía escribirlas in situ, captando los detalles y la cadencia del lenguaje, los climas, el lunfardo.

Literariamente hablando, ¿a qué escritores admirás, considerás una influencia directa en lo que escribís?
En la época que escribí Polietileno leía a Charles Bukowsky, Raymond Carver y Paul Auster. Pero si hay un escritor del sur que motivó mi escritura, ese es Antonio Dal Masetto. Tengo una gran admiración por su obra. Me siento identificado con su universo, sus personajes y su prosa. Pero no sé, creo que Polietileno tiene más parentesco con las películas de Adrián Caetano que a la obra de un escritor.

¿Sentís que hay contactos, vínculos, lenguajes afines entre tu trabajo en las artes visuales, el cine y la ?
Y sí. Hay un hilo conductor que es mi experiencia personal, mi relación con el entorno, con el otro. Creo que la gestación de cada disciplina construye su propio sendero. Si bien la necesidad creativa parte de la misma pasión, soy consciente que aprendo más cuando las exploro por separado, como si se trataran de polípticos. Pero si hay algo que voy aprendiendo de todo esto, es el saber con más facilidad para donde derivar las ideas. Hay hechos que son para cuento y no para guión. Así como hay historias que son interesantes para desarrollar en cine y, por más que intente hacerlas literarias, no salen.

Lo cierto es que estas historias le salieron a Enrique Collar. Quién sabe si este será el primer libro de una larga carrera literaria suya. Tal vez sí, tal vez no. De todos modos, lo cierto es que Polietileno puede ser una cuña metida en las entrañas de una literatura por venir: la de la emigración paraguaya, la del exilio económico con su esplendor y su derrota.

COLLAR BÁSICO

Enrique Collar nace en Paraguay en 1964 y emigró a la Argentina en 1971. Estudió Bellas Artes en la Escuela Manuel Belgrano de Buenos Aires. Realizó exposiciones individuales y colectivas de sus obras a partir de 1990. Obtuvo distinciones internacionales y su pintura forma parte de colecciones públicas y privadas. En 1997, participó de un taller con el guionista Juan Marín y desde entonces escribe guiones cinematográficos y cuentos. Es autor de los guiones Poder dulce poder (1997), Miranometokéi (1998), Casa Lita (2004, junto a Hugo Duarte Manzoni) y Mocasín blanco (2006). Polietileno. Crónicas de un kurepiguayo es su primer libro de cuentos publicado.